Domingo, 11 de Mayo de 2008

o «Et tu, Brute», dicen que fueron las últimas palabras pronunciadas por César antes de expirar, asesinado. Si hubiera sido un español de hoy, de los que ven series como «Aída», «los hombres de paco», «el síndrome de ulises» y demás ordinarieces, creo yo que le hubiese salido un sentido, rotundo y entonado «cabrón», pero seguramente los que no estuviésemos presentes escucharíamos una versión más refinada elaborada por sus deudos, aunque resultase increíble, igual que nos contaron después de morir Cela que sus últimas palabras fueron «viva Iria Flavia». Pero las elaboraciones post mortem de los dolientes sirven luego para bonitos libros recopilatorios de frases dichas en los últimos momentos por gente célebre sin necesidad de achacárselas todas a Oscar Wilde, y no me consta, pero supongo que este tipo de libros tendrá bastante éxito en España, con lo que nos gusta un muerto presentable que nos dé ocasión de ir al velatorio multitudinario, entonar elegías y contar ante una cámara de televisión anécdotas idiotas sobre si tenía buen apetito o fina retranca, y aunque en vida le hayamos hecho pasar las de Caín.
Yo, que soy una burguesa sentimental, si alguna vez he pensado en la muerte, mía o de alguien querido, y suponiendo que el nudo de la garganta me dejase hablar, siempre he creído que emplearía los últimos instantes en hacerle saber cuánto le quiero, o sea, una cosa lacrimógena en la que, mientras no se dé el caso, prefiero no detenerme. Soy consciente de que nadie puede saber cómo va a reaccionar en esos momentos, ya sea el que se muere o uno de sus deudos, pero creo poder afirmar, sin género de dudas y poniendo la mano en el fuego sin quemarme, que si estuviese viendo morir a mi madre lo último que se me ocurriría sería pedirle que hiciese de Casandra, y de este modo, egoísta de mí, impediría su lucimiento póstumo. Decididamente Rodríguez y yo tenemos distintas «sensibilidades».

Sábado, 5 de Abril de 2008

Recuerdo que hace ya mucho tiempo, porque veinte años son algo, ya lo creo que son algo, en un suplemento dominical, tal vez el Blanco y Negro aunque no estoy en absoluto segura, dedicaron la portada y un extenso reportaje a Rossy de Palma. Supongo que sería más o menos en la época de «Mujeres al borde de un ataque de nervios» y por aquel entonces supe que había formado parte de «Peor impossible», grupo del que no recuerdo más que lo de «su-su-su-su-su-surraaaaando», aunque lo recuerdo tan bien como para ir a «al pie de la letra» y si algo me detiene es que no peso lo suficiente como para que me suban al escenario. El caso es que vi y leí el reportaje y todavía sigo preguntándome si todo aquel rollo de la belleza picassiana o cubista, algún adjetivo llevaba, no sería una ironía de cuatro graciosos que el resto de la población se tomó en serio. Igual me ha pasado recientemente cuando he visto figurar en las listas de sexys a Sarah Jessica Parker, Adrian Brody o Javier Bardem. Sigo dudando si ese tipo de relaciones se hacen por encargo y previo pago de su importe o son bromas de cuatro gurús con litros de mala leche. Pero lo que me tiene al borde del desquiciamiento, casi tanto como haber conocido a una «Anyélica con y griega» esta semana, casi tanto como los por el momento infructuosos esfuerzos de mi compañera por preñarse que la mantienen de baja médica, es oír hablar del estilismo de Amy Winehouse ensalzándolo. Me da igual que sea el maquillaje, la peluquería, el vestuario o el conjunto, cualquier cosa que no sea su voz, que para mí es lo único destacable y ya es suficiente. Porque cada vez que la miro veo en ella una versión insana (por difícil que parezca) de la madre de matrimonio con hijos. Y ni siquiera encuentro el aspecto original, porque me parece que basta con asomarse un poco a cualquier mercadillo para ver ese derroche de eye liner y esos cardados imposibles, centímetro arriba o centímetro abajo. Creo que para integrarme voy a tener que cambiar el color del cristal.
bellezas

Miércoles, 5 de Marzo de 2008

el placer Hace un tiempo ya, en este mismo sitio, aclaré lo poco que me suelen gustar los programas de cocina que han proliferado en las televisiones, pero repasando hace unos días «el mundo» me llamó la atención el resumen (a la izquierda de sus pantallas, pinchen ustedes para ampliar) de una noticia sobre uno de estos espacios.
Si ya habéis visto la imagen, entenderéis que me sorprendiesen dos cosas en esas tres líneas. La primera de ellas, que alguien siga considerando afrodisíaco y sofisticado lo de las fresas y el champán, cuando hasta en los «eventos» que organiza cualquier empresario de la baldosa para inaugurar una tienda es lo que se sirve, pudiendo sustituir el alcohol por el chocolate. Aunque si al escribir champán se refería verdaderamente al champagne, sí es un puntito sofisticado, que aquí te endosan el vulgar codorníu en cuanto te descuidas, aunque yo me descuido poco y menos todavía desde que Caldera se hizo cadáver. Lo segundo es que el redactor (incluye también redactora, no sé lo que será porque nadie firma) haya necesitado que se crease este espacio para llegar a la conclusión de que el placer empieza por la boca, cuando esa es una verdad al alcance de cualquier adolescente medianamente espabilado.
Yo he pensado siempre que existe la cocina antilibido, porque nadie puede tener ganas de mover a una persona que está digiriendo una fabada, ni se puede sentir sexy en una casa donde se ha cocido berza u oreja, o se hayan asado sardinas, y tengo una relación problemática con las cosas supuestamente afrodisíacas, ya que no me resulta nada atractivo un señor que acaba de zamparse una mariscada con las manos si no me lo parecía previamente, ni me siento en absoluto dispuesta a que me prueben como mesa y me embadurnen con leche condensada a ver si así consiguen que sea dulce, o cualquier otra cochinadita por el estilo, y eso es algo que por culpa de «nueve semanas y media» se ha instalado para siempre en las mentes de muchos de los hombres (antes chicos) de la franja de edad con la que me relaciono (claro que si se les ha instalado eso, no en un plano íntimo, aclaro para los malpensados).
Por mucho que aprecie una buena comida, y de verdad que lo hago, creo que jamás me van a contar entre sus espectadores.

Jueves, 28 de Febrero de 2008

De entre los hechos extemporáneos que existen en el mundo, hay dos a los que tengo especial manía y ambos están relacionados con la política. La primera es esa cosa decimonónica llamada impropiamente «piquetes informativos» cuya misión principal, al contrario de lo que indica su nombre, no es explicar a los trabajadores los motivos de una huelga, que si ese fuese el motivo, medios mejores que pegar cuatro voces a la puerta del centro de trabajo hay, sino amedrentar y coaccionar para que se sumen a ella los que no están concienciados, en el mejor de los casos, o paniaguados por el sindicato «de trabajadores», en la mayoría de ellos; tampoco informan al público, salvo que por «informar» entendamos ese modo que tienen de hacer que, de estarse cumpliendo los servicios mínimos, nada funcione a base de sabotajes. De incontrolados, por supuesto.
Lo segundo que no entiendo es que existan campañas electorales, cuando casi nunca se dice nada y cuando se dice no se escucha, cuando para que exista un vuelco de votos ya sabemos todos lo que tiene que suceder y mejor que no. No lo entiendo salvo que sea una concesión que hacemos los ciudadanos a los políticos para que disfruten eligiendo con sus asesores el color del cuello de la camisa que no hace parecer un cadáver sin parecer tampoco un facha, el nudo de la corbata que da más dinamismo combinado con seriedad y confianza, el corte de pelo que transmita al espectador seguridad y todas esas cosas en las que por lo visto se fijan quienes ven mítines o debates, y para que puedan sacar sus trajecitos de sport, sus olvidadas o recién compradas cazadoras proletarias, que los políticos se visten «de pueblo» al dictado de sus asesores como el hortera se «viste» de cazador aconsejado por un amable dependiente de «el Corte Inglés». Y también para que se maquillen sin cargo de conciencia, aunque a alguno se le ha ido tanto la mano con la pinza de depilar que va a terminar pintándose las cejas, como las viejecitas.
Supongo que así el político puede sentirse estrella antes de estrellarse (todos menos uno, o todos a la vez) y sus asesores juegan como jugaba yo de pequeña, solo que sus mariquitas son de carne y hueso. No me consta, pero barrunto que lo que yo llamo «mariquitas» ahora no podrá llamarse así y habrá ganado la batalla la denominación «recortable», mucho más aburridamente correcta.
mariquita

Miércoles, 20 de Febrero de 2008

Hace unos días comentaba en el blog de Wolffo, no recuerdo a propósito de qué, lo poquísimo que me gusta la falta de pudor de la gente en general para contar aspectos de su vida íntima, incluyendo su fisiología. Supongo que la culpa de la normalización de las heces (duras o con textura de puré de lentejas), las almorranas (que suena igual de basto que hemorroides, y yo me pregunto: si no hay palabra buena para designarlo ¿por qué tienen que mentarlo fuera de una consulta médica?) y demás especies la tienen esos anuncios en los que una señora, como si estuviese delante de Patricia (la del diario), nos cuenta cómo cambia su vida dejar de tener picor vaginal, a nosotros, que deberíamos ignorar por siempre que el picor vaginal existe. Tampoco digo yo que tengan que comprar esos medicamentos o consumir esos alimentos (inauguro la palabra dedicada, ésta para Buch) disimulando, como los adolescentes de antes su primer condón, pero de hacerlo de tapadillo a llevar fanfarrias cada vez que se pide un frasco de pomada o se toma un tazón de ese cartón reseco llamado cereal con fibra, va un abismo. Ahora todos han decidido dejar de sufrir en silencio, y si llevamos las orejas puestas escucharemos sus dietas ricas en fibra mientras ponen la cara de satisfacción marca Coronado que lucen desde que han dejado de «hacer fuerzas». Claro que alguno, a base de llenar de fibra su dieta, no podrá ni pestañear fuera del cuarto de baño. Pero de los efectos secundarios de la fibra y de la epidemia de diarreas todavía no han hecho anuncios, así que no existen.
shhhhhhhhhEstas cosas antes no pasaban, antes existía un poco de pudor para tratar estos aspectos fuera del ámbito más cercano, y cercano no incluía a los compañeros de trabajo. Ocurría igual con los embarazos. Sin llegar a extremos de otras épocas, que casi recluían a la preñada cuando el volumen hacía imposible el disimulo, lo normal era esperar para anunciar la noticia al menos tres meses, «por si acaso». Eso hacía que hubiera «sólo» medio año de náuseas, antojos y patucos para los que no habían intervenido en la concepción. Ahora, imagino que porque queremos «transparencia informativa» en todos los aspectos de nuestras vidas, las emocionadas gestantes lo anuncian como si fuesen futbolistas, a la primera falta. Esto hace que los embarazos sean la historia interminable, eternos como una canción de Raimon o un discurso del prejubilado Fidel, y si la embarazada es famosa, que podamos seguir milímetro a milímetro el crecimiento de su tripa y de lo que no es su tripa durante ocho largos meses. Incluso, en campaña electoral, puede servir el nonato para hacer campaña por boca (grande, vive Dios) de su mamá ministra, y mientras posa para la revista «Elle» (es curiosa la querencia a las revistas de moda, yo hubiera apostado a priori por un posado en el «Gramma»), podemos enterarnos de lo paritario-conciliador («Vamos a trabajar mucho pero sólo te pido una cosa, no renuncies a lo más lindo que le puede pasar a una persona, que es tener hijos»), y expresivo («No hubo casi palabras, sólo una sonrisa. Inmensa. Era una sonrisa feliz») que es Rodríguez. Aunque pueda parecerlo («Cuando nos llamamos, lo primero que me dice Zapatero es: ¿Cómo está nuestro niño?»), Rodríguez no es el padre del futuro militante, es el jefe de la ministra y el representante de la unión de autonomías en la Alianza de las Civilizaciones.
Espero que un resto de pudor para los posados, que para las entrevistas ya he constatado que no lo tiene, evite que Chacón imite a Demi Moore y a todas las imitadoras de Demi Moore que en el mundo han sido. Aunque como los cortesanos de «la uno» sigan diciendo que es una de las políticas más atractivas, va a terminar cayendo en la tentación.
Y ruego para que la gente siga esperando por lo menos a la primera falta para anunciar la llegada de otro meoncete al mundo, porque al paso que vamos, veo cercano el día en el que estos anuncios se hagan tras el tiempo justo de darse una duchita rápida y vestirse, y sepamos cómo es la cara de una embarazada de cuarto de hora.

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